Dé Sathairn 14 Feabhra 2009
Del prólogo a "La Ciudad", por Ignacio Echevarría.
"La crítica literaria -declaraba Levrero en una entrevista con Pablo de Rocca, en 1992- parece dar por sentadas muchas cosas, entre ellas la existencia de un mundo exterior objetivo, y a partir de allí señala límites precisos a la realidad y al realismo, da por sentado que el mundo interior es irreal o fantástico, y trata de rotularlo todo de acuerdo con esos puntos de partida arbitrarios y pretenciosos".
...Por lo demás, ¿qué es lo fantástico?, se preguntaba Levrero durante una entrevista con
Hugo Verani publicada en 1996: "¿No hay veces en que una mosca es un ser extraordinariamente fantástico? ¿Nunca captaste la emoción de un árbol? Y uno mismo, si por un momento hace la experiencia de olvidar su nombre, su rol social y otras pautas ajenas, ¿no es un ser misteriosísimo, fantástico?".
...Por lo demás, ¿qué es lo fantástico?, se preguntaba Levrero durante una entrevista con
Hugo Verani publicada en 1996: "¿No hay veces en que una mosca es un ser extraordinariamente fantástico? ¿Nunca captaste la emoción de un árbol? Y uno mismo, si por un momento hace la experiencia de olvidar su nombre, su rol social y otras pautas ajenas, ¿no es un ser misteriosísimo, fantástico?".
Dé Céadaoin 11 Feabhra 2009
Mario Levrero. París.
Me introduzco en el taxi, sintiendo el peso del gris que me rodea. El conductor parece dormido sobre el volante. También él tiene el traje lleno de polvo. Luego advertí telas de araña.
La tarde era tan gris como la estación, como la ciudad, como yo mismo. Me siento gris por dentro y por fuera y deseo vehementemente un cambio; pero desde hace tiempo me obsesiona la idea de estar demasiado ligado al mundo exterior; de que, en realidad, todo mi ser forma parte del mundo exterior; no puedo precisar los límites: hasta aquí el mundo exterior, aquí empiezo yo; de que no puedo cambiar mientras todo permanece inmutable alrededor, o cambia lentamente y en una dirección desgraciada. Dudo de mi propia existencia.
-¿Usted cree que pueda hablarse de un mundo interior? -le pregunto al chofer-. A veces pienso si no somos otra cosa que cortes de situaciones exteriores...
El hombre no me escuchaba. Noté entonces las telarañas. Lo sacudí, con un poco de asco. Estaba muerto, momificado.
Me tiro hacia atrás en el asiento y deseo poder dormitar. Hace años que no duermo, tal vez por falta de necesidad, y no es que en este momento necesite hacerlo, pero tengo ganas. Me paso las manos por la barba. Tiene un tacto agradable, ofrece cierta resistencia. Pienso en cada uno de los pelos vistos al microscopio, enormes árboles plantados cuidadosamente en mi mejilla, creciendo a impulsos desordenados. Pienso en la yema de mis dedos, en las papilas táctiles, en mi forma de causarles dolor, de herirlas con mi barba; pienso que tal vez ese placer que me provoca el tacto de la barba en la punta de los dedos puede significar un dolor considerable para cada uno de los puntitos sensibles de las yemas. Si estas papilas fueran individuos con una conciencia de sí independiente, y quizá lo sean, qué angustia deberán sentir ante esta agresión injustificada, injusta... pensé en muchas otras cosas, sin poder dormir, hasta que por fin llegó el relevo, quitó el cadáver y lo arrojó sobre las losas de la plaza.
La tarde era tan gris como la estación, como la ciudad, como yo mismo. Me siento gris por dentro y por fuera y deseo vehementemente un cambio; pero desde hace tiempo me obsesiona la idea de estar demasiado ligado al mundo exterior; de que, en realidad, todo mi ser forma parte del mundo exterior; no puedo precisar los límites: hasta aquí el mundo exterior, aquí empiezo yo; de que no puedo cambiar mientras todo permanece inmutable alrededor, o cambia lentamente y en una dirección desgraciada. Dudo de mi propia existencia.
-¿Usted cree que pueda hablarse de un mundo interior? -le pregunto al chofer-. A veces pienso si no somos otra cosa que cortes de situaciones exteriores...
El hombre no me escuchaba. Noté entonces las telarañas. Lo sacudí, con un poco de asco. Estaba muerto, momificado.
Me tiro hacia atrás en el asiento y deseo poder dormitar. Hace años que no duermo, tal vez por falta de necesidad, y no es que en este momento necesite hacerlo, pero tengo ganas. Me paso las manos por la barba. Tiene un tacto agradable, ofrece cierta resistencia. Pienso en cada uno de los pelos vistos al microscopio, enormes árboles plantados cuidadosamente en mi mejilla, creciendo a impulsos desordenados. Pienso en la yema de mis dedos, en las papilas táctiles, en mi forma de causarles dolor, de herirlas con mi barba; pienso que tal vez ese placer que me provoca el tacto de la barba en la punta de los dedos puede significar un dolor considerable para cada uno de los puntitos sensibles de las yemas. Si estas papilas fueran individuos con una conciencia de sí independiente, y quizá lo sean, qué angustia deberán sentir ante esta agresión injustificada, injusta... pensé en muchas otras cosas, sin poder dormir, hasta que por fin llegó el relevo, quitó el cadáver y lo arrojó sobre las losas de la plaza.
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